Todo el mundo sabe que la tensión son dos números y que el primero es «el alto». Bastante menos gente sabe qué mide cada uno, y por qué a veces solo uno de los dos está mal.

Sistólica: el empujón

La sistólica es la presión máxima dentro de la arteria, la del instante en que el ventrículo izquierdo se contrae —la sístole— y expulsa unos setenta mililitros de sangre de golpe.

Depende de dos cosas: la fuerza y el volumen de esa expulsión, y sobre todo la elasticidad de las arterias grandes. Una aorta joven se dilata y absorbe parte del golpe; una aorta rígida lo transmite entero, y la sistólica sube.

Por eso la sistólica es el valor que más sube con la edad, y el que mejor predice el riesgo cardiovascular a partir de los cincuenta años.

Diastólica: lo que queda entre latidos

La diastólica es la presión mínima, la que persiste mientras el corazón se relaja —la diástole— y vuelve a llenarse.

Nunca baja a cero, y es importante entender por qué. Durante la contracción, las arterias elásticas se estiran y almacenan energía; durante la relajación se retraen y siguen empujando la sangre hacia delante. Ese mecanismo mantiene el flujo continuo y sostiene la presión de base.

La diastólica depende sobre todo de la resistencia de las arterias pequeñas, las arteriolas. Cuando esas arteriolas están contraídas, la sangre sale del árbol arterial con más dificultad y la presión de base se mantiene alta.

Un detalle con consecuencias prácticas: las arterias coronarias, las que alimentan al propio corazón, se llenan durante la diástole. Bajar la diastólica en exceso puede comprometer esa irrigación, y es una de las razones por las que en el tratamiento no se busca «cuanto más bajo, mejor».

Cuando solo uno de los dos está alto

Es más frecuente de lo que parece, y no es una anomalía del aparato.

Hipertensión sistólica aislada

La sistólica llega a 140 o más mientras la diastólica se mantiene por debajo de 90. Ejemplo: 158/78.

Es el patrón dominante a partir de los sesenta años y refleja arterias grandes rígidas. Durante años se consideró poco importante —«solo está alto el de arriba»— hasta que los estudios demostraron que se asocia claramente a más ictus e infartos. Cuenta como hipertensión y se trata como tal.

Hipertensión diastólica aislada

La diastólica llega a 90 o más mientras la sistólica se mantiene por debajo de 140. Ejemplo: 128/94.

Es más habitual antes de los cincuenta, y suele asociarse a sobrepeso, sedentarismo, consumo de alcohol o apnea del sueño. Con los años, muchas de estas personas acaban desarrollando también hipertensión sistólica.

Por eso manda el peor de los dos

Que cada valor pueda estar alto por su cuenta explica la regla de clasificación que se usa en toda Europa:

Cada valor se clasifica por separado, y la lectura entera recibe la peor de las dos categorías.

No es una convención arbitraria. Refleja que las dos formas de hipertensión son peligrosas por mecanismos distintos, y que tener uno de los dos números bien no compensa tener el otro mal. 120/95 es hipertensión de grado 1, por mucho que el 120 sea perfecto.

¿Cuál de los dos importa más?

La respuesta honesta: depende de la edad.

EdadValor con más peso pronóstico
Menos de 50La diastólica predice mejor el riesgo
50–60Los dos pesan de forma parecida
Más de 60La sistólica domina claramente; la diastólica baja pierde valor

Es un cambio gradual, no un interruptor. Y en la práctica clínica ninguno de los dos se ignora: si cualquiera de ellos está por encima del umbral, hay hipertensión.

La diferencia entre ambos también dice cosas

Restando el número bajo del alto se obtiene la presión de pulso. Lo habitual son 40 a 60 mmHg.

Una presión de pulso ancha —por ejemplo los 80 mmHg de 158/78— apunta a arterias grandes rígidas. Una presión de pulso estrecha aparece cuando los dos valores están próximos, como en 110/85.

Es el tercer número de su tensión, y es gratis: ya lo tiene en la pantalla del tensiómetro, solo hay que restarlo. Puede ver el suyo, junto con el resto de valores derivados, comprobando su medición.